El combate de Chocón | Mateo Sánchez Zapata
Hay hechos que, por pequeños en apariencia, parecieran condenados a deshacerse en la arena del tiempo. De la guerra sin cuartel que se libró durante siglos en la vasta frontera sur, la guerra cotidiana, de avances y retrocesos, de correrías, fortines precarios y de vidas suspendidas en el filo de la lanza casi nada quedó estampado en las páginas de la historia oficial. Lo señaló con claridad Liborio Justo en 1962: frente a las grandes narraciones épicas de López, Mitre, Estrada o Levene, esta guerra silenciosa, múltiple y continua, no mereció una línea.
Y es verdad. El combate que aquí nos convoca no decidió la suerte de un gobierno, ni modificó la cartografía, ni fue citado en salones parlamentarios; no figura en manuales ni en crónicas escolares. Su escenario no tuvo nombre ilustre: un rincón áspero y agreste del territorio argentino, hoy neuquino, entonces apenas una travesía cruzada por huellas indígenas, la estepa vibrando bajo el sol y el Limay como testigo antiguo. Pero sobrevivió. Y lo hizo gracias a la mano de un hombre que supo mirar y sobre todo, escribir.
Ese hombre fue José Juan Biedma: periodista, escritor, historiador y autodidacta consumado. Alférez del Regimiento 7º de Caballería en 1882, sería luego un recolector apasionado de papeles, notas y documentos imprescindibles para entender el pasado patagónico. Fue él quien rescató del olvido el episodio al que llamó, con su lenguaje de campaña, “combate del Chocón”, ocurrido el 29 de marzo de 1882, y protagonizado por un soldado cuya figura, humilde y trágica, perdura hasta hoy: Octaviano Toledo, apodado “Pata Loca”.
Foto: José Juan Biedma
Toledo era mendocino, hombre jovial y de descuidada educación, cantor de fogón, contador de cuentos, guitarrero y dueño de esa chispa humana que en los puestos avanzados valía más que cualquier ración de charqui. “Jamás le faltaba una ocurrencia oportunísima”, recordaba Biedma, y cuando no hacía reír, entonaba una vidalita o una décima satírica que aliviaba por un instante, la monotonía interminable del desierto. Pero detrás de su apariencia ligera, escondía una firmeza de carácter que rozaba la porfía. Su sentido del honor rústico, imperfecto, pero profundamente suyo lo llevó incluso a rechazar ascensos: no quería tener autoridad sobre sus compañeros por temor a castigarlos. Era un soldado raso por elección.
Se destacaba en el manejo del sable. Lo hacía bailar en el aire con ambas manos sin que las hojas chocaran entre sí; destreza que solo dan la práctica insistente y cierta predisposición natural para la violencia honrada. Porque Toledo podía responder a una ofensa con un par de puñaladas, sí, pero del mismo modo era capaz de tender la mano al adversario vencido, con franqueza y sin rencor. Así era el hombre destinado a protagonizar su última tarde.
Aún no existían los fortines de Arroyito ni de Picún Leufú. La línea militar era frágil: postas, chasques que llevaban mensajes a caballo y pagadores con sus mulas formaban un paisaje que solo perturbaban los aguiluchos, los peludos y los silenciosos guanacos. Sobre la tierra, como una escritura paciente, se marcaban las rastrilladas indígenas que iban y venían hacia el Limay.
Mateo Sánchez Zapata